(a Teodora)
Dicen por ahí que una persona es, en cuestiones de cordura, lo que "su pedacito de jardín" le permite ser. Inmediatamente se imaginaba un patio trasero instalado en su cabeza, poco más arriba de su nuca, lleno de verde, de helechos y enredaderas. Un lugar al cual recurrir. Intentaba dibujarlo pero luego desistía. Las amarillentas cuatro paredes de aquel pequeño y rebuscado departamento absorbían cualquier gana por más larga que esta fuera. De fondo y siempre sonando estaba su televisor de tres canales, como chistando, llamando continuamente su atención. De un jardín ni rastros, salvo una maceta llena de tierra que intentaba resolver aquella situación y que hacía las veces de cucha para su pequeña tortuga. Cuando Almendra necesitaba el calor del sol, él corría la gruesa cortina, solo un poco, ya que aquella ventana daba a las demás ventanas del edificio. Era inevitable, "una ventana que da a otra ventana puede volverte loco, ¡corazón!" canturreaba en forma de tango.
Ella, por otra parte, era un jardín andante. Comprendía la naturaleza en toda su extensión y sus manos podían hacer brotar hasta el árbol más seco. Fue por esto que cuando acepto entrar en aquel diminuto departamento todo comenzó a revolucionarse. Ni bien cruzó la puerta apagó el televisor, que ni siquiera alcanzó a dar su pronóstico del tiempo. Las palomas se amontonaron todas a la vista a zurear cantatas de amor incompresibles. Caminó hacia la ventana, abrió una de las hojas y se apoyó tranquila a disfrutar de ese espacio hasta ahora virgen. No había señales de la rara vecina de enfrente ni del vecino gritón de al lado, era como si el edificio se los hubiera tragado a todos y ahora comenzara a respirar, como honrando la presencia de aquella dama que se asomaba como una flor, llenando todo suavemente de tranquilidad. En ese lugar ella le contó una parte de su vida, él, mientras escuchaba atentamente no podía apartar aquellos labios de su mente. Esos labios comenzaron a florecer en su cabeza, tanto así que pronto no hubo lugar para otra cosa que no fuera ella. Los fantasmas, que habitaban gran parte, celosos hicieron sus maletas y reprochando contratos se marcharon a otros lugares. Sin siquiera esperarlo, había encontrado el jardín que tanto había buscado, ese espacio donde era feliz.
Después de todo, la felicidad es una idea que se construye, como un edificio con una ventana en donde su arquitecto seguramente nunca pensó que pudiera apoyar los codos el amor.
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Muy lindo che, te felicito ! Jessica
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