martes, 27 de septiembre de 2011

12- LOS RITUALES

Había escuchado alguna vez que en las noches de tormenta debían taparse los espejos. Nunca supo bien el porqué de esta medida, pero aprendió a temerle como a las tantas otras medidas de las cuales tampoco conocía el porqué.

De la misma manera oyó que por la vida de cada hombre correspondían siete mujeres. Esto hizo ruido inmediatamente dentro del precario pero disimulado sistema de creencias que Pedraza había logrado construir y llevar consigo a lo largo de toda de su vida.

-La puta- descomprimió de a poquito. Desde hacía un tiempo se venía sintiendo la periferia del centro, el fondo de la figura, como si paulatinamente todo se apartara, se alejara, y además como si él lo permitiera. Era como ser el espacio que uno siempre deja en blanco a la hora de colorear. Pedraza nunca había tenido mucho éxito con las mujeres, y aún si eso fuera poco, ahora se enteraba de esto.

Mientras caminaba no pudo evitar sacar cuentas. La primera de ellas era Noelia, aquella vecinita de trenzas y coloradas mejillas a quien dio su primer beso bajo el tobogán de la plaza, y a quien no volvió a ver luego de que sus padres decidieran mudarse a la capital. La segunda Carolina, compañera de quinto grado, a la que se atrevió tomarle la mano una tarde de vuelta de la escuela. Lástima caerle tan mal a sus amigas. La tercera Judith, si bien solo intercambiaron unas pocas palabras en una fiesta había habitado en su cabeza durante todo un verano. De la cuarta mejor ni acordarse, una fría y descorazonada mujer que lo había usado para darle celos a otro tipo. La quinta Laura, pues no todas habían sido pálidas. Dos hermosos años de novio. Lamentablemente hasta las mejores telas en algún momento se destiñen o rasgan. Y finalmente Daniela, tres años y medio conviviendo en un departamento en el que hasta las cucarachas se sentían apretadas. “Necesito un tiempo, mi espacio” le dijo una mañana en ayunas, y a los dos meses ya estaba saliendo con un compañero de trabajo que desgraciadamente había tenido el placer de conocer.

Según la sentencia ahora solo quedaba esperar a la séptima y última mujer, quizás no habrían más oportunidades para conocer a otras personas, lo que significaba quedarse solo. Sus treinta y nueve años pesaban demasiado. Se preguntaba si habría entendido bien, pues consideraba injusto hallarse con la soga al cuello.

-Este mundo se debe haber descentrado - Pensó – Algunas medidas no son para todos los hombres, hay quienes disfrutan centenares de mujeres, y yo que solo pido amar a una no puedo ¿por qué justamente tengo que ser yo el que se ve llevado a dar este movimiento involuntario siempre en contradicción con el movimiento anterior? A ver… por ejemplo, si encuentro una moneda en el suelo, la levanto, luego me veo obligado a soltarla en algún kiosco o sobre la mano de algún chico en la calle. Ellas son las que se van, yo solo me veo obligado a soltarlas…

Pedraza debía de estar equivocado, como si una jauría de sutilezas hubiera pasado frente suyo sin que lo advirtiera; algo debía de estar mirando mal en él. Esa noche llego a su casa, puso a calentar el agua y descubrió todos los espejos.-







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