Romualdo era un hombre de finca. Ni holgazán ni trabajador, muy tranquilo y padre de tres hijos. Aquella siesta vio algo que surcaba el cielo y sin pensar demasiado tomó su escopeta y disparó un tiro certero. El algo cayó rápidamente y se desplomó en el piso con un golpe seco. Al acercarse, una vez disipada la polvareda, para sorpresa de Romualdo era un hombre el que yacía sobre la tierra. Este no dudó un segundo en llamar a la policía, y al cabo de unos minutos estaba Corbalán con su aire de soberbia parado en la tranquera.
Se inspeccionó cuidadosamente al ya cadáver pero no encontraron entre sus ropas nada que diera indicios de quien se trataba. Romualdo expresaba abiertamente haber sido él quien efectuó el disparo.
–Iba volando por el cielo – Les contaba a los efectivos.
–Miré, yo a usted lo conozco – Escupía mientras hablaba Corbalán –Pero no me venga con huevadas, que me está faltando el respeto – Frase con la que solía terminar sus conversaciones.
El pobre Romualdo esposado acabó en el calabozo acusado de asesinato. Queriendo o sin querer, volador o no, le había quitado la vida a un hombre. Hasta el infinito se cansó de jurar y rejurar a su abogado asignado la historia que a todos había contado. Este declaró insania y el destino fue el hospital psiquiátrico de seguridad de la cuidad.
Al poco tiempo su esposa e hijos dejaron de visitarlo. Se corría el rumor en el pueblo de que Romualdo había asesinado a este hombre por ser amante de su esposa, lo cierto es que nadie podía saber la verdad. En cuanto al muerto, nunca pudieron identificarlo, nadie reclamó por el cuerpo, como si de reclamar se tratara.
El psiquiatra a cargo del caso le había caído en simpatía este desdichado hombre de campo.
–Los hombres no vuelan, Romualdo – Le decía todas las mañanas, dándole unas palmaditas en la espalda.
–Los que no vuelan son los muertos – Respondía.-
...